Con un golazo de Carlos Romero en el 85’, los dirigidos por Manolo González derrotaron al poderoso Real Madrid y tuvieron una noche más que soñada.

Foto: RCD Espanyol

Casi como si fuese algo instaurado de cada semana, una disputa potente y llena de intensidad aterrizaba en Cornella. Dos plantillas extremadamente diferentes, tanto en realidad en la competición como en maneras de jugar, chocaban sin guardarse nada.

El Espanyol saltó al campo sin temor alguno, su esquema ordenado en defensa y ataque, conseguía generar control en el medio campo e incomodar por momentos a la visita. Rozando el primer cuarto de hora, el alemán Antonio Rüdiger en un salto siente una molestia y debe ser inmediatamente sustituido. La casa blanca con algunos compliques, poco a poco fue ganando duelos y explotando la calidad individual de sus jugadores, los costados se convertían en pistas de aeropuerto, auténticas cabalgatas de un lado a otro amenizaban el frío invernal.

Los Blanquiazules trabajaban muy bien el partido, sin errores de peso y con la seriedad necesaria, daban una muy buena imagen, el compromiso y sacrificio en todas las líneas debía dar fruto, alguna oportunidad tenía que caer y ser aprovechada.

Sin modificaciones arrancaría la segunda etapa, eso sí, el Real Madrid apretaba y subía rápidamente todo su arsenal. Bellingham y Mbappe en doble ocasión pudieron romper la paridad, pero el medallista olímpico Joan García con seguridad decía presente. El estratega “Perico” al ver las constantes embestidas movería el banquillo, fortalecer la muralla era un deber.

El reloj continuaba su curso y el partido entró en una inercia caótica, asedio máximo se respiraba en el área espanyolista, pero cuando más se encontraban sobre las cuerdas, el empuje y corazón salieron a flote, Carlos Romero en el agónico 85′ tras una contra letal, hacía explotar el estadio entero con un golazo que enterraba lo imposible.

Gran victoria del Espanyol que una vez más demuestra que peleará hasta el final por la permanencia.

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